sábado, 14 de noviembre de 2015

Episodios infantiles épicos

Mi hijo no ha hecho los 2 años todavía, pero ya ha empezado a mostrar algunos rasgos de carácter en sus acciones... y he de confesar con cierto reparo que algunos de ellos me enorgullecen como padre. Soy así de capullo, no puedo evitarlo.



Dejadme contaros una historia:

El otro día, en la guardería, mi hijo estaba jugando a empujar un carrito de bebé de juguete mirando a todos lados menos donde debería, es decir, hacia delante.

De repente, un niño mayor que él de otra clase, al que a partir de ahora llamaremos archienemigo, se colocó deliberadamente en medio de su camino. No sé con qué propósito, si con el de jugar, joder o alguna cosa peor, pero la cosa es que se puso justo en el medio de su camino sabiendo perfectamente lo que hacía.

Obviamente mi chiquillo chocó con ese niño y se llevó un buen susto tirándose para atrás a consecuencia del choque, mientras el archienemigo se quedó quieto en el mismo lugar mirándole fijamente sin moverse ni un ápice.

Mi hijo frunció el entrecejo y movió el carrito apartándose para continuar su camino, pero descubrió que el archienemigo le miraba fijamente sin moverse de donde estaba y se quedó quieto, algo extrañado y mirándole a su vez.

Supongo que inconscientemente descubrió que, tras la fachada infantil de archienemigo, estaba siendo objeto de un desafío a un nivel primario, como de machos alfa en una manada de ñus.

En menos de un segundo soltó el carrito y se colocó justo delante del archienemigo, a menos de un centímetro de distancia. Yo, que estaba mirando la escena atentamente, descubrí con estupor que archienemigo le sacaba casi una cabeza a mi hijo.




Hasta ahora había estado mirando la escena de lejos entre extrañado y molesto, pero en ese momento salí disparado hacia ellos para acercarme y controlar la situación si fuera necesario. Yo era el adulto allí (en serio, joder, no os riáis).

Mientras me acercaba rápidamente los segundos se alargaron como si fueran meses, años, lustros...

Allí estaba mi hijo, con el entrecejo fruncido y la cara hacia arriba, enfrente de archienemigo, mirándole directamente a los ojos sin que le temblase el pulso. Como si de un héroe griego se tratase enfrentándose al gigantesco hijo de un Titán caído.




Finalmente, mi vástago decidió que aquello había llegado muy lejos y debía acabar, así que alargó la mano dando un ligerísimo empujoncito al archienemigo, que contra todo pronóstico, se tiró para atrás y empezó a llorar como si se le hubiesen disparado en un pie. El muy capullo empezó a fingir como Cristiano Ronaldo cuando le tocan en el área.

Me ví obligado a hacer de adulto responsable y decirle a mi hijo que no se empujaba (aunque si le hubiese pegado un directo a la mandíbula, tampoco me hubiese enfadado con él), así que tuve que decirle, "niño-guapo, guapo", y mi pequeño acabó acariciando a archienemigo diciéndole "guapo, guapo".

Sí amigos, los dos acabamos consolando a ese puto gilipollas llorica que se merecía que le pateasen el culo de aquí a Marte. Me sentí un maldito hipócrita.

Pero bueno, lo importante aquí es que MI HIJO NO ACEPTA MIERDAS DE NADIE.

En eso se parece a su padre, joder.

Otro día hablaré de otros sentimientos que mi hijo también hace aflorar en mí cuando se pone a llorar histéricamente sin venir a cuento y como si lo estuvieran torturando. Como por ejemplo, cuando le quito a Dora la exploradora porque hay que ir a dormir. El muy cabrón.

¡Hasta la vista frikis!



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